Hace ya algún tiempo que este asunto me preocupa seriamente. La mayoría de las personas con las que me cruzo padecen de una estupidez monumental. Hablo de individuos con existencias verdaderamente anodinas a pesar de que puedan estar convencidos de lo contrario, auténticos casos de enanismo encefálico. Personajes con cierta devoción por el culto a la imagen aunque poco amigos de la cultura en general. Estoy convencido de que no es necesario ahondar en casos particulares, pues el catalogo de variantes y combinaciones que podrían ejemplificar este tipo de especímenes es demasiado amplio. Analicemos pues, uno de los posibles orígenes de la proliferación de la estulticia.
En primer lugar, resulta sorprendente que la mayoría de personas se sientan limitadas y se quejen constantemente y con total desparpajo de este hecho, achacándolo a variados factores: la sociedad, el sistema educativo, el entorno familiar, los poderosos, o cualquier otro tópico fácil y que siempre queda bien en las conversaciones de los especialistas y autoridades en la materia que podemos encontrar en la barra del snack-bar más cercano. El problema aquí, es que esta clase de seres se impone sus propios limites. Por algún motivo creen que razonar, pensar de forma crítica, pisar alguna biblioteca, interesarse por algún tema medianamente elevado o alguna disciplina artística con fines que no sean la notoriedad, son deportes de riesgo.
En ese sentido, la circunstancias no tienen demasiado que ver. Todos estamos expuestos a la cloaca de histeria y vulgaridad que son la mayoría de medios, pero hay un amplio sector de la población que decide que con eso tiene suficiente. No desean profundizar ni aportar nada nuevo, ni siquiera beneficiarse de los conocimientos que gratuitamente nos han legado las mentes brillantes del pasado y presente, puestos a nuestra disposición para su consulta sin necesidad de pasar por todo el proceso de estudio y experimentación que fue necesario para reunir esos conocimientos en primera instancia.
Hay un par de casos muy particulares de uso inadecuado de los beneficios aportados por la ciencia y la tecnología, que me ponen enfermo. Se trata precisamente de la televisión e Internet.
Como prácticamente todos los grandes inventos, la tecnología que hizo posible generar imágenes en movimiento en una pantalla a partir de una señal eléctrica, fue descubierta mientras se investigaban otros asuntos. A principios del pasado siglo, J.J. Thomson experimentaba con tubos de rayos catódicos en el Laboratorio Cavendish de la Universidad de Cambridge. Su objetivo era encontrar y estudiar la partícula elemental que da origen a las corrientes eléctricas, el electrón, que toma su nombre de la palabra que designa al ámbar en griego. Es curioso que mientras se hacían inmensos progresos en cuanto a relatividad general, relatividad especial y mecánica cuántica, algo tan “básico” como las propiedades del electrón continuaban siendo un misterio. La cuestión es que Thomson se dio cuenta de que los rayos catódicos, que son haces de electrones, daban lugar a un punto luminoso al llegar al otro extremo del tubo y chocar con la superficie. Era la manifestación visible del electrón. Mediante la aplicación de campos electromagnéticos variables en determinadas regiones del tubo, era posible desviar la trayectoria de los rayos y por tanto desplazar el punto de luz a voluntad. No se tardaría demasiado en llegar a la conclusión de que realizando barridos de rayos catódicos, era factible obtener imágenes en blanco y negro en una pantalla. El resto es historia, aunque notables mejoras llegarían algunas décadas más tarde de la mano de Walter Bruch gracias a su sistema PAL, pero ese es otro tema.
La idea de todo esto es que unos pocos genios son los responsables de que hoy tengamos en casa aparatos de gran complejidad técnica, aunque estos equipos nos parezcan algo simple y cotidiano. La excepcionalidad mental de esas personas a quien se adjudican las primeras experimentaciones, así como el resto de físicos que ayudaron a su posterior perfeccionamiento, es realmente increíble. Muy probablemente sea mayor la distancia intelectual entre ellos y el ciudadano que usa su cabeza únicamente para peinarse, que la que separa a este tipo de ciudadano de un simio. ¿Se imaginaban estos hombres eminentes que el trabajo de toda una vida, acabaría siendo convertido en una herramienta de manipulación de masas y estupidización colectiva? ¿Serían capaces de soportar la colección de sandeces y majaderías que hoy escupe su gran invento? ¿Cómo se atreve gente que no conoce los principios de funcionamiento de un tubo catódico, de las válvulas termoiónicas o de las emisoras de radiofrecuencia, a disponer, para sus propios intereses, de semejante poder? Nos encontramos ante un verdadero insulto a la inteligencia, una bofetada al esfuerzo por el conocimiento, aunque advertir esto no es nada nuevo.
E.B. White ya profetizó en 1938 la posibilidad de que esto sucediese, en uno de sus ensayos recopilados bajo el título One Man’s Meat. Me gustaría terminar citando ese revelador fragmento.
(…) I believe television is going to be the test of the modern world, and that in this new opportunity to see beyond the range of our vision we shall discover either a new and unbearable disturbance of the general peace or a saving radiance in the sky (…) Clearly the race today is between the loud speaking and soft, between the things that are and the things that seems to be, between the chemist of RCA and the angel of God.
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viernes, 25 de septiembre de 2009
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